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jueves, 6 de mayo de 2010

Mi aventura de ser docente

Mi aventura de ser docente

La lectura del documento “La aventura de ser maestro” de José M. Esteve, me permitió observar algunas semejanzas con las experiencias vertidas, por quienes integramos este grupo de especialidad, en el foro ¿Cómo percibo mi docencia?.

Particularmente, me sentí retratado en muchas de las situaciones planteadas, transportándome hacia momentos, placenteros y no, realmente significativos en mi trayectoria docente y con ello, la posibilidad de revalorar la importancia de ser maestro.

Rescato, en las siguientes líneas, algunos planteamientos que me parecen relevantes.

Cierto es que el hacer docente, incluso cuando se cuente con herramientas teórico – pedagógicas, se aprende en el aula, pero, incluso, esto se torna imposible en tanto no se desee ser maestro.

Cuántos y cuántos compañeros nos pasamos años en el aula, renegando de las actividades y del rol que nos tocó jugar... y digo “que nos tocó” porque la mayoría nunca pensamos ser maestros y muchos, aún, no lo asimilan.

El sentirse maestro incluye la decisión de “ser uno por uno mismo” y ello permite, como plantea el autor, “pensar y sentir”, “sentir y pensar”, fórmula perfecta para dejar de ser autómatas de la enseñanza.

Revalorar el papel del profesor, (hablo de una revaloración personal) es fundamental en la búsqueda de una identidad que parece extraviada y que obstaculiza el logro de los objetivos académicos, porque ¿Cuánto hemos perdido los maestros en reconocimiento?... y ¿qué hacer para rescatarnos a nosotros mismos?...

Es necesario entender que la labor docente consiste en un eterno compartir con la comunidad escolar y un motivo de placer y no de angustia.

Debemos ser capaces de inculcar en los alumnos la inquietud de encontrar respuestas a sus preguntas cotidianas y/o significativas, demostrando que sólo a través del conocimiento podemos entendernos y comprender a los demás.

Es menester mostrar que el motivo de nuestros esfuerzos son los propios alumnos y, por ende, debemos renovarnos en aras de encontrar la manera más adecuada de comunicarnos e interactuar con ellos, ya que cada grupo, cada alumno y cada espacio-tiempo son diferentes.

Ganarse “la libertad y el derecho” de ser maestro implica una gran responsabilidad, pero al mismo tiempo, la posibilidad de disfrutar cada día de las actividades realizadas y los logros alcanzados.

La frase “ganarse el derecho” de ser maestro, encierra una gran verdad, nadie regala nada y uno es maestro no por el título, sino por ser reconocido, como tal, por los alumnos.

Otro aspecto que me pareció relevante en la lectura se refiere a la humildad, esta actitud que nos permite vernos como entes falibles y por lo tanto candidatos a superarnos.

Cuántos veces asumimos actitudes soberbias creyéndonos los “sabelotodo” y humillando, de paso, a nuestros alumnos, olvidando que estamos, como se menciona en el documento “al servicio del aprendizaje de los jóvenes”, lo que implica ocuparse de uno mismo a favor de los otros, siendo necesario “reconvertir” lo que se sabe para hacer posible la transmisión de conocimientos.

No perdamos de vista que la identidad profesional, la comunicación e interacción, la disciplina y los contenidos, proporcionan la libertad de enseñar; recordemos que las estrellas del sistema educativo son los alumnos, en ellos deben estar puestos los reflectores; el “espacio escuela” no es un campo de batalla en el cual se enfrentan maestros y alumnos.

Rescatemos y dignifiquemos con nuestras acciones y actitudes la labor docente, el profesor que se niega a sí mismo, atenta contra sí mismo y contra la encomienda de transmitir sus conocimientos.

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